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Pauliceia Desvairada: visões do perimetro (Dioniso González)  -spanish-



La relación que se inculca a los hombres hacia sus propios excrementos suministra el modelo de relación que existe para con todas las basuras de la vida. Hasta ahora se las ha ignorado regularmente. Sólo bajo el signo del moderno pensar ecologista nos estamos viendo obligados a recoger nuestras basuras en la conciencia.

Entre la rua Tabapua y la avenida Pedroso de Morais en la ciudad de Sao Paulo se encuentra desde el año 72, fecha en que abandonó el psiquiátrico, habitando una isla de desechos y plásticos del diámetro de una piscina infantil -ocupa en realidad el espacio de una rotonda, en este caso detrítica y rebujal- O Condicionado. Este homeless afrobrasileño, natural de Salvador de Bahía, se ocupa, invariablemente, de escribir, desde una neurótica prosificación, como el opugnador de un régimen omnicontemplativo, sobre la vigilancia: Unidades matemáticas do universo todo, laconicamente, avisaráo á humanidade, que ha um erro congenito, de uma unidade na matemática. 
¿No proclama este anciano, envuelto en un subdelirio del matematismo, el error que Virilio define como accidente ínsito al hecho de la velocidad y la extravasación dromológica? ¿No proclama, en realidad, desde su personación y perpetuación de ese microespacio público - este bello y estático indigente sin pesaje camuflado en su mundo de caseína y celulosa- que toda no ya vestimenta sino actitud es plástica, y que esa imagen, en realidad todas las imágenes, no son sino el registro de un accidente anterior? ¿No procura, contradictoriamente, desde su rígida disidencia, adoptar el disfraz moldeable del recauchutado para operar, desde la anonimia de ese oscurantismo negro y alquitranado del plástico, contra la aceleración desde un efecto total de frenado?
De cualquier modo si, como sostiene Virilio, todo desarrollo tecnológico encierra un lado negativo, dada la necesidad de dominio del poder a través de la alta velocidad y dicha velocidad, a su vez, cuando se desprograma provoca el accidente, el amasijo, la parva y el siniestro, ¿no es precisamente esa negativa a la movilidad, esa detención espacio temporal de estatuaria, el milagro de la detección absoluta del accidente; una actitud minúscula de escudo antimisilístico?
En todo caso, si el accidente precede a la imagen ¿Cuál es la función del arte?: ¿la mostración del suceso y, por tanto, la retardación o, bien, la precedencia y, por tanto, lo contingente?
Es previsible, de este modo, que asistamos a la exaltación imaginal de la explosión del transbordador espacial Columbia y su diseminación y la de sus siete tripulantes por los estados de Tejas, Luisiana y Arkansas. Es previsible porque la cultura de la imagen es unitaria; porque se arroga los valores estéticos de la superficialidad. Parece que el acontecimiento sólo tuviera lugar en la accidentalidad, en el preciso instante del impacto, de la siniestralidad, de la eclosión, de la sonorización y luminosidad de lo abyecto. Nadie parece atender a la gran estructura inmersa del iceberg; únicamente desde la distancia y la perversión de una mirada sublimada atendemos a la dramaturgia de la escena, a la colusión de los hechos. La noticia es la venta de la “actualidad” y ésta es siempre una noche de estreno.
Lo sorprendente es que este narrador indigente, en otro de sus textos, atraviesa el espacio calipédico (aquel que procura una generación de hijos hermosos) y se destoca como eugenista, pese a ser, seguramente, eliminado por sus propias teorías teniendo en cuenta su “naturaleza disgénica”:
Sou da opinao, que os mais velhos, deveriao eliminar toda a parte da juventude que eles consideram indigna do progresso. Eles farao e controlarao a natalidade, deixassem nascer so aqueles que eles considerassem dignos de tudo que eles fizeram. Para um mundo melhor .
Sorprende esta estética fascista de los cuerpos y las mentes a no ser que responda a un natural desistimiento, o sea; a la autoinmolación en aras de una sociedad que se regiría por la introducción de cobayos humanos y la exclusión de los marginados. Dado que éstos, los exinscritos, ya habitan los “no lugares”, O Condicionado, como el vagabundo de Un hombre sin Pasado de Aki Kaurismäki, tiene el disfraz burlesco del hombre invisible y pernocta, al igual que él, en el detrito redituado, en containers o, bien, entre la guarnición y los bastimentos arquitecturales de las barreduras y los desperdicios que estos contienen.
La otra sedimentación, la del ser fragmentado o clástico, es la procedente de la clandestinidad de los reclutas agrícolas o temporeros. Estos resumen otro fragmento social de hombres invisibles, es decir; provenientes de una inmigración ilegal y que conforman una subclase de género temporario, que habitan la anonimia a la espera semiesclavista de sus empleadores y que pernoctan en el hacinamiento y el modelo arquitectural del plástico o la cuadra, dado que aún son cuadrilla gavia o negrería.
Es ésta la sociedad de la favela, el contenedor, la exclusa y el metro, de las cloacas, los sumideros, las oquedades de la cochambre y la bafea, de la motilidad de las arquitecturas portables, de la horrura y los crematorios. El homeless contemporáneo habita un territorio heteróclito que comprende la trasparencia y, por tanto, la vigilancia de los soportales de los cajeros automáticos que terminan alfombrando el espacio del desclasado, ocupando un espacio de estanqueidad de invernadero, una celda panóptica a la que acuden sin posibilidad transaccional. Dicho territorio comprende, igualmente, un estuco de cartón que se moldea a los cuerpos a base de orines y de humedad ambiental. El cuerpo es, de esta forma, seducido por la celulosa y la palabra impresa; es seducido en la manera en que la palabra se despreocupa de su valor intrínseco (la comunicación) y parece desconvenir en la ex-centricidad, en la ausencia del centro, en la ex-inscripción y los márgenes. De este modo, los retales se apergaminan sobre el cuerpo del indigente, del invisible infraheroico, condicionando su singularidad, su descentrismo a la rémora detrítica del consumo, o sea; que terminan protegiéndose de los accidentes ambientales desde el empacamiento común a la cadena productiva; a una cadena, refleja, especular, de la venalidad, datándose con fechas de caducidad propias, lamentablemente, a los productos lácteos. Son, sin duda, los alienígenas de la mendicidad; los que cayeron ante el desequilibrio de ingresos y recursos llamado zanja del desarrollo.
Otro género indigente de invisibilidad, al menos de ocultamiento, es el hombre topo. Aquí podríamos hablar de subgénero dado que toda su existencia se presume subsumida, subterránea, subvertida. The Mole People, los habitantes del subway, aquellos indigentes que viven una existencia contraminada de túneles en el subsuelo de las ciudades y en distintos niveles:
Algunos indigentes viven sobre las pasarelas tendidas a poca distancia del rugido ensordecedor de los trenes subterráneos o dentro de agujeros excavados en la base de los andenes donde esperan los viajeros, aunque la mayoría han instalado sus viviendas lejos de las vías en servicio.
El mismo metro, en definitiva, cuya apertura como medida cautelar evitó en Madrid, ante las bajas temperaturas del pasado invierno, la muerte por congelación de los sin casa que ocuparon las distintas estaciones como dormitorios preventivos. Pero estas cavernas contemporáneas que fagocitan el tiempo del metrónomo en las grandes urbes o metrópolis -metro es el apócope de metropolitano- esconden en sus inextricables nerviaciones y niveles de túneles a delincuentes, toxicómanos, inadaptados, enfermos mentales, grafiteros y también a seres desprotegidos, sin medios, que acuden a la oscuridad para evitar la mirada abierta, para enterrarse en vida bajo un sistema al que no logran incorporarse por ser disgénicos, diferentes o improductivos. El metro es, al margen de un transporte que desatasca las grandes superficies urbanas, una estructura arquitectónica para no competitivos.
En suma (y volvemos al inicio): para inmovilistas, para aquellos que reaccionan ante la velocidad, ante la dromología viriliana desde la parálisis.
En definitiva, como O Condicionado, un individuo del no retorno, un sin tierra, un favelado, si entendemos por favela un asentamiento irregular carente de servicios públicos y promovido, entre tantas otras consideraciones de carácter social, por el no autogobierno de un país, en este caso de Brasil, ante una situación de creciente subordinación (endeudamiento) en el organigrama del sistema económico internacional. Esa esterilización en el espacio del debate económico es concomitante a la esterilización de espacios herméticos y deprimidos en las laderas de las megalópolis o en sus propios epicentros y, a su vez, es concomitante a movimientos sindicados como el MST (Movimiento de los Sin Tierra).
Como la enfermedad brasileña parece a todas luces una enfermedad social, dado que hay cierta imposibilidad de trasladar toda una creciente tecnología moderna a empleos de escasa renta productiva, se ha puesto en marcha una campaña de correo electrónico para las favelas de Río, digitalización financiada por un crédito de 1,5 millones de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo. El portal, como no, que pretende llevar Internet a 20 favelas de esta ciudad y lograr un volumen de 40.000 operaciones de correo electrónico por mes, se llama Viva Favela. Un Viva Zapata de la digitografía y la modernización que se instalará como un resquicio de trasparencia y transacción a las únicas estructuras no panópticas de habilitación que aún se mantienen en el planeta. Si los cálculos matematizan un accidente social de albergue de tres millones de personas sobre una ciudad de seis -cuyo emblema protagónico, el Cristo de Corcovado, parece ser el único icono de vigilancia de la penalidad en una estructura social controlada por bandas de narcotraficantes- parece lejano el momento de la desintoxicomanía, quizá de ese atmoterrorismo , en este caso psicotrópico, que señalase Sloterdijk.
Pese a todo, al menos Rocinha, un barrio favelado en el que se hacinan más de 200.000 personas, ya se instaló en el ciberespacio; un panespacio virtual instalado en una arquitectura de la retajadura y la suprafusión del retal, esa arquitectura de la cibercepción, que define Roy Ascot, se instaurará entonces con su interfaz en la conciencia del no visible, del clandestino. ¿Puede, por fin, el desclasado prolongarse mediáticamente desde el desplazamiento? ¿Anulará esto su singular condición de parálisis y frenado? ¿Adquiere el sin tierra, el estático, el asentado críptico de su santuario impenetrable del hábitat y el crimen, una elasticidad que lo destapará y lo asimilará a un capitalismo integrista de la conciencia y el desplazamiento? ¿Entonces que será de O Condicionado y de los favelados de Brasilia Teimosa, en la periferia de Recife, donde las chabolas están construidas en palafitos sobre el agua? ¿Qué será de todos los barrios de chabolas de América Latina, las poblaciones de Chile, los “barrios” de Venezuela y Ecuador, las “villas miseria” de Argentina y las “barriadas” de Perú? ¿Será éste el sintagma de una oración telemática, el conciliábulo global, será un cibercafé, por precario moblaje que tenga? De momento, esta iniciativa está conectada a Internet por ondas de radio ya que estas Human Hives no disponen de redes telefónicas. 

Ya anteriormente, en la tercera visita de Juan Pablo II a Río de Janeiro, sucedió una lógica alteridad del espacio profanando los santuarios favelados como medidas extremas de protección, incluida la toma de 29 barriadas populares; 20.000 agentes policiales y 6.000 soldados, con su natural conformación del asentamiento humano, desplegaron sus posiciones analizando las posibles ofensivas (analizando en términos de táctica y estrategia) que pudieran emprenderse desde la contra-figura de la trasparencia contra la trasparencia en sí. Es decir; ¿No suponen las favelas, en cuanto que son asentamientos irregulares e impenetrables, esos espacios sociales insubordinados y disolventes de la luz; esos pequeños fragmentos de oscuridad en donde no pueden operar las instituciones y los cuerpos ejecutores del panoptismo? ¿No existe, pues, por lógica, la posibilidad de una ofensiva desde el camuflaje y la sepultura social sin tabulación ni ordenamiento clasificatorio, contra el ejercito de la Luz? Incluso la posición de los cuerpos militares y policiales, preventivos, pero a su vez ejecutores primarios, en casos definitivos, de los ordenamientos de la penalidad, no sólo prevén movimientos de intervención directa, como pudiesen ser francotiradores apostados en los cerros o en la siniestralidad redituable del emporio del detrito, sino que prevén el riesgo de “balas perdidas” provenientes de enfrentamientos entre moradores de barrios vecinos.
Un total de 43 calles y avenidas de Río de Janeiro quedaron estancas al paso de vehículos para que pasease el único vehículo estanco y panóptico por definición: el Papamóvil. Su estanqueidad lo protege de atentados; su visibilidad lo provee de un escaparatismo supremo. En realidad, dada la jerarquía del Pontífice y su capacidad de captación de masas, 1,5 millones de fieles le estaban observando, transfiere al vehículo de una trasmisión de visualidad total, dado que en él se percibe a la figura en tiempo real y en lugar original, pero también en tiempo diferido y en un lugar informacional. Panóptico, vitrina, para una contemplación planetaria, de todos los correligionarios o no del representante católico de Dios en la tierra. De hecho, el automóvil papal es único en cuanto a diseño, único en cuanto que su traslado es meramente presencial y que su tecnología es más antibalística que motorizada. Pero también es parte de ese sistema ideológico: el ultraliberalismo terrorífico (que postula Viviane Forrester y que de modo endémico contagia segregacionismo) dado que abarca no ya un territorio geográfico planetario sino inmaterial y físico. El transporte papal es panplanetario, su telex se amplia con precisión orbital, su escaparate televisual necesita del mismo canal de distribución que genera las diferencias de forma abstracta, probablemente ya involuntaria. El mundo es víctima de un sistema asolador y enardecido por el lucro, de una distribución social de ganancias, que a su vez reditúa con su basura los soportales de los, entre tantos otros, 3.905 asentamientos de favelas que hay en Brasil.
De vuelta a Sao Paulo, la ciudad de O Condicionado, a una de las grandes megalópolis del planeta, una urbe que supera los 17 millones de habitantes y donde los distritos más alejados concentran una población con apenas ingresos en áreas sin ordenación urbanística, pero donde hay espacios del centro que se hipertrofian territorializados por poblaciones de rentas precarias. Poblaciones bien asesoradas jurídicamente para okupar inmuebles en abandono o edificios vacíos generando las llamadas favelas verticales: Auténticas torres del gigantismo cuya visión externa recuerda a un enjambre. Paráfrasis humanas añadidas a ventanas inacabadas neocimentadas o desestructuradas por una polución medioambiental aquiescente, general y pasiva, sin marcos ni cristales, símiles en sus alzados a la gemelaridad de la terrodestrucción. Si acaso ésta es una demolición ética mas que constructiva, pero el efecto de desafío es el mismo, la misma visualidad segregada en un caso por estentórea prosificación del capitalismo y en el otro caso por esa prosificación de los contrapoderes de la dictadura del absolutismo y la especulación. No por casualidad cerca de la mayor favela vertical de Sao Paulo se encuentra una réplica igualmente colosal del Empire State.
Pero este precedente se reitera, de forma espectacularmente simbólica, en un preexcelso proyecto de erección urbanística: El proyecto de verticalización de los barrios de favelas de Cingapura. Una propuesta del gobierno municipal, seleccionada en el concurso de buenas prácticas, patrocinada por la Unesco en Dubay en 1996. Sus servicios pretenden reducir y prevenir el delito, el acceso a las comunicaciones, el uso y generación de energía, el abastecimiento de agua potable, la gestión residual, la vivienda y el acceso a la financiación de la misma, y, claro está, una ordenación territorial y normativa. Todos los sin tierra, los sin ley, los tapados, los invisibles al sistema quedan, por fin, catalogados, es decir; que se les prescribe un cierto tipo de moralidad, dado que se les abastece de un uso de su espacio predefinido, lo que Foucault definía como historia de los espacios que a su vez es la historia de los poderes. Una suma de tácticas para una geografía minimizada del hábitat.
La idea de la verticalización (edificios residenciales en altura) no es otra que el realojo de poblaciones de alta densidad chabolista en el mismo terreno que ocupaban, institucionalizando su contexto y regularizando la propiedad de la tierra. En suma, dado que no hay espacios para crear redes viarias ni otros servicios, se construye hacia arriba y no se desaloja al inquilinato, se le dota de ciudadanía y no se le expulsa a áreas del extrarradio donde tendrían más dificultad para acceder a sus puestos de trabajo. La ciudad, que ya en sí esta estratificada en niveles exagerantes, en un desequilibrio constructivo provocado por la aceleración (léase apogeo de los años 50 y desestructuración de las grandes zonas rurales) accede así a esos pequeños cuerpos constituidos de forma desreglada y que influyen, de manera notable, en las decisiones de poder.
Si en la ciudad de Sao Paulo hay 380.000 familias viviendo en zonas marginadas, parece lógico que el primer problema con el que se esté enfrentando este proyecto es la falta de interés por convertirse en comunidad legal de determinadas barrios dominados por grupos criminales. De momento ya se han regenerado 51 áreas degradadas.
Esta resistencia del topo a la erectilidad constructiva no es otra que la persistencia a pequeños estadios aglutinantes de un urbanismo independiente y asentable en microesferas insertas en la base de un desprendimiento de distribución ordenante y automática. Son barriadas que actúan como contrapanópticos alejadas desde su compresión y su hacinamiento a un sistema de vigilancia coactiva, pesquisidora y policial. El chabolismo actúa contra el estado como un sistema insurreccional contra la mirada. En suma; la acción del amotinamiento contra las tropas de choque militares y la entrada posterior de la infraestructura de la demolición: tractores y palas mecánicas. Estas epopeyas micoinjertadas urbanísticamente - desde una ideología natural de contrapanoptismo, de recuperación de los espacios oscuros, de los agujeros negros y la noche diferida y en constante perpetuación- viven hoy la contradicción del alzamiento, del levantamiento insurrecto contra el levantamiento constructivo. En definitiva, un crecimiento en expansión horizontal sujeto a las leyes del ocultamiento grupal contra un crecimiento vertical sujeto a las leyes de la visibilidad y la notación individual.
Existe también el problema, al menos hasta la fecha, de que la clase dirigente se haya acercado a la ciudad ilegal, no con la intención de estudiar su desregulación creativa o su concentración diaspórica, sino de una forma “clientelar”, no incorporando una política de vivienda sino una política propagandística que potencia un desarrollo cuanto menos conflictual.
La transformación, la reforma, desde una visión parcial del retal y la urdimbre, hacen que la visión urbanística del municipio vea estas barriadas como una arquitectura rebujal, bricolada y piojenta, excluyendo toda posibilidad de debate estético; cuando lo cierto es que esta arquitectura de vertedero, de reciclaje, adquiere valores calourbanos e identitarios. La configuración de espacios contenedores (resueltos desde la revalidación del material del vertedero) junto a la gestión y el tratamiento de residuos, son dos de las mayores preocupaciones urbanísticas. Precisamente esa vertibilidad arquitectural (expuesta a derrumbes y corrimientos de tierra) o la carencia de fosas sépticas, es decir; la progresión residual y excrementicia, hacen de estas zonas, lamentablemente, nuevas zonas cero susceptibles no a un aéreoterrorismo, sino a un terrorismo legalizado de la demolición: de las palas de choque y el desalojo.
Decía Sloterdijk: Quién no quiera admitir que es un productor de basura y que no tiene ninguna otra posibilidad para ser de otra manera se arriesga a perecer asfixiado un día en su propia mierda .
Si estamos de acuerdo con Sloterdijk, que somos hijos de una cultura anal pese a que tengamos una relación perturbada hacia la propia mierda, como entender que unos tres mil millones de personas en el mundo carezcan de retretes con cisterna sino es por la carencia de agua en países como Etiopía o la escalofriante realidad de que más de mil millones de habitantes en todo el planeta viven en chabolas y que esta cifra se duplicará en tan sólo 20 años. Es lógico pensar que esa relación perturbada hacia nuestros propios excrementos debe modificarse en ciudades como el Cairo (donde viven 16 millones de personas que generan 10.000 toneladas de basura al día). A lo largo de toda la India las mujeres se dirigen hacia los campos antes de que despunte el alba; es una forma de deposición desde la difuminación que proporciona la noche, un deseo de esfumación de toda necesidad excretora.
La deyección es otro modo natural individualizante y exhaustivo de deserción de la mirada, es una habilidad cotidiana inmersa en tácticas disolventes. En este punto, habría que convenir con Joseph Jenkins en que debemos convertir los desechos humanos en abono, como detalla y explica en su Manual del Estiércol Humano - Guía para Convertir las Heces Humanas en Abono-, donde subraya que Defecar en nuestra agua potable es quizás una de las costumbres más curiosas de nuestra cultura, y de la que menos se habla . Estos hábitos de reinserción del detrito son los mismos que los de la reutilización de la basura. Esta labor de recolección de la basura la ejecutan en el Cairo los Zabbaleen, expertos en eliminación de desechos y en su clasificación y posterior reciclado a materia prima. Basura y heces no son sino la misma pesadilla excogitable; un sueño de erupción volcánica, de un magma excrementicio y totalizante que se densifica lentamente, pero con consistencia terminal, en las periferias de nuestras ciudades contribuyendo a crear un espacio sincrético de alteridad atmoemocional. Un vínculo simbólico de la ultratiranía aleatoria de una vocación política no realista y especulativa; un vínculo simbólico del estrago del excedente; un signo claro de debilitación de Occidente en torno a una conjetura real del accidente. Es la intoxicación estructural de un mundo mediáticamente patofóbico y ambientalmente microbiano.
¿Cómo sino interpretar que en poblaciones como Sambhaji Nagar II, una ONG india haya construido un edificio evacuatorio de varias plantas para unas 500 familias vecinales? Los retretes (subvertidos), al fin y al cabo, son junto a las criptas (subyacidas), los espacios retirados, ocultos, con un sentido de apartamiento nuclear de la mirada. Retrete viene de retirado, del sujeto que se toma un corto retiro al evacuatorio, a la garita, al excusado. Excusado, por tanto, excluido voluntario del poder omnicontemplativo de la mirada pesquisidora.
Esta verticalización de la letrina múltiple es la misma que ha llevado a Pele a alquilar un nicho en la novena planta de un edificio funerario que se contempla desde el estadio del Santos; la misma que lleva a la verticalización de la favela a un deseo de control escaparatista para los espacios reclusos.
Favela, escusado y nicho son las únicas figuras de resistencia espacial a la mirada porque encierran un deseo de enterramiento, de clausura, de tácticas anticorrectivas del hábitat. Cierto ilegalismo por derecho y no por infracción. La sociedad necesita un establecimiento futuro y cierto de sus sujetos para no sentirse atentada. Una sociedad estable sería aquella que registrase el ADN de todos sus in-dividuos en un macroordenador, con una pantalla gigante de visualización inmediata (la velocidad es sinónimo de poder) tal como en el pseudofilm Minority Reports.
¿Qué extraña ejecución babélica, de ventanal saledizo y emergente, termina generando edificios de pisos funerarios o evacuatorios como edículos superpuestos en una función de habitar (que es poseer) de un modo no visivo, privado e intimo, dado que su mostración calificaría tales espacios de obscenos? Sin duda, una actuación exhibicionista si tenemos en cuenta que su expansión vertical, en cierto modo, transgrede su contexto natural, con lo que podríamos decir que estos edificios adquieren un valor de posesión por violación ya que rompen la norma o, al menos, la habitual expansión horizontal que tanto para la muerte como para la micción ocupan segmentos simbólicos con la canalización y el enterramiento depuratorios. La favela vertical es, sin embargo, una edificación por territorialización, por extensión. En suma, reproduce, en un ámbito okupacional en altura, los mismos hábitos de la barriada, donde los pasillos y la zona comunitaria interpretan los gestos y acciones de la red viaria y los apartamentos no dejan de ser barracas, chabolas subdivididas, que dejan pasar la luz desde el mirador pero que aún mantienen dentro de ese espacio okupado irregularmente, no ilegalmente (ya que este tipo de toma de espacio por parte de los sin techo no es un delito), carencias en los sistemas de comunicaciones, en el abastecimiento de agua potable o en la gestión y tratamiento de residuos. Problema extensible no sólo a ciudades brasileñas como Río de Janeiro, Sao Paulo o Recife, por ejemplo en Kingston (Jamaica) sólo un 18 por ciento de los habitantes tiene acceso a las alcantarillas. Y del mismo modo, no sólo en Brasil hay servicios de asesoramiento para okupas, también se encuentran en Inglaterra (Advisory Service for Squatters) o en Francia (Droit Au Logement), por situarnos en Europa, otra cosa es que se regularice el estado de propiedad de la tierra.
Mientras, el mundo deviene detrítico y requiere una planificación alternativa para la generación de una arquitectura del balizamiento, del señalamiento evacuatorio o funerario. Jacques Fresco un ingeniero, industrial y diseñador prepara para la localidad de Venus en Florida, una ciudad sin ruidos, polución y crimen, una utopía higienista llamada Venus Project: un prototipo fundamentado en alta tecnología y en nuevos recursos de energía cuya edificabilidad se comprende a través de materiales inteligentes, de materiales de autogestión, de nanocubos. Parece, por tanto, obligatorio potenciar la venustidad de las ciudades, protegerlas de agentes indeseados de edificabilidad irregular y mantenimiento desreglado. Parece, igualmente, correcto pensar en experiencias globales que asimilen los intersticios en una magnitud que totalice la experiencia cognitiva y perceptiva y borren la huella de toda terrenidad obscena. Terrenidad que no es sino la sintomatología de una invaluable discontinuación fragmentaria.
Lo cierto es que detrás de este deseo pompático, de cognición desconocida y gobiernos supranacionales, se esconde un concepto inconcesible de los derechos más elementales. Un mundo sin crimen es un mundo calipédico y eugenésico, un mirador de voluntades mayúsculas, cuyo exceso de normatividad elimina la falla social y la suma total de los sujetos disgénicos. Habría que hacerse esa pregunta de Philip K. Dick, sobre sí: ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, que dio pie a la película de Ridley Scott: Blade Runner, entre otras cosas porque retrata: una metrópolis deshumanizada, un desorden ecológico y una manipulación biogenética a la par de una involución hacia un totalitarismo policial. Habría también que preguntarse de que manera alternar materiales de autogestión, (los highest quality products, materiales sensibles y aislantes) con los interiores de los envases de tetrabric como la más tecnificada solución chabolista para el aislamiento de poblados informales, tal es el caso del Salobral en la autovía de Andalucía al sur de Madrid.
Era Kant quién esgrimía que lo sublime terrible cuando es absolutamente innatural deviene bizarro. Hay más obscenidad en el exceso de sublimidad que en el esqueleto enmagrecido de un edificio de pozos ciegos y letrinas. Habría que inquirir sobre el deicidio como tema recurrente en la arquitectura contemporánea y sobre las consideraciones que Derrida hace sobre la conquista del cielo… ese logro de un punto de observación (rosh: cabeza, jefe, inicio) significa darse un nombre; y con esta grandeza, la grandeza del nombre, de la superioridad de una metalengua, pretende dominar a las restantes estirpes, a las otras lenguas: colonizarlas. Pero Dios desciende del cielo pronuncia una palabra: Babel… y con ella condena a los hombres a la multiplicidad . Parece claro que la no ejecución de cualquier Babel posible ha posibilitado una historia de la arquitectura y a su vez una historia constructiva de la marginalidad. Con lo cual ese anhelo primigenio de ciudad y torre observatorio, como símbolos mayestáticos de dominación y poder hegemónicos, han sido sucedientes y cíclicos intentos de ordenación supranacional y de pujanza imperialista. El Venus Project, sin admitirlo, es un proyecto para una Babel prospectiva que anularía la alteridad, la extrañeza, la diferencia y la multiplicidad de lenguas. Es la ambición prominente de un modelo único frente al cumplimiento deconstructivo de no apegarse a tradición alguna; utopía frente a heterotopía .
Cuando surge algo que tiene aguante, y que realmente representa un cambio básico, echa raíces y se establece. Su período de fealdad y revolución quedará atrás. No tendrá que cambiar…La verdadera revolución dejará de ser revolucionaria y fea y se convertirá en hermosa. Lo hará por nuestra percepción de ello.
Hablar de Cidade de Deus, Paraisòpolis o Novo Mundo nominalmente, como formas designativas de estas barriadas faveladas, no es una contradicción sino una configuración hecha conforme a la medida de su significatividad estética.
Algunos barrios chabolistas, como Mahakan Fort, a punto de su demolición, en la isla de Rattanakosin en Tailandia, tienen casi ciento cincuenta años. ¿No son, por tanto, epopeyas, símbolos de la dromocracia que sostiene Virilio? Es decir, no deberíamos conservar como patrimonio ideológico una práctica arquitectural del retal y el pastiche de modo que fuesen selenosis indicadoras del desencuentro de los parias con una economía política de la velocidad. Y si bien es cierto que, desde sus pequeñas barricadas, muchos barrios chabolistas se protegen de los gobiernos y de los ayuntamientos cada noche en previsión a su derribo. Indicaba Enzesberger: cuanto más intensamente se defiende y cuanto más se amuralla una civilización frente a una amenaza exterior, menor será lo que finalmente quede por defender. Parece, por tanto, que mientras crezcan en los extrarradios y en las laderas, de forma inguinal, los barrios chabolistas nada tendrán que temer, exceptuando el crecimiento especulativo del terreno o la planificación de una autovía, pero si éstos están asentados en los epicentros de las grandes ciudades se encontrarán en su fase cancerosa, dado que para los ayuntamientos supondrán una arquitectura caquéctica que se implosionará en su ranciedad irrespirable y, lo que es peor, que funcionarán a modo de espejos indicativos y apológicos de una sociedad ultraliberalista ahogada en la guarnición de su propio exceso.
Si como algunos politólogos sostienen en el futuro sólo habrá una ideología y ésta será el ultraecologismo, no debieran caer en la cesantía estas estructuras redituables y constructivas del reciclaje, pero la mítica Babel avanza y la planificación urbana tenderá al siempre peligroso modelo único. Hasta un favelado como O Condicionado desde su natural precedencia se pregunta cuanto tardarán los mercaderes en gestionar materiais com as prestacoes necessarias para a construcao de novos universos.






Pauliceia Desvairada: visões do perimetro (Dioniso González)  -english-


The relationship inculcated in people towards their own excrement provides the model of relationship that exists with all waste products in life. Until now, they have been regularly ignored. It is only in the light of modern ecologist thinking that we are forced to gather up our waste products in our conscience.


Between rua Tabapua and Pedroso de Morais avenue, in the city of São Paulo; this is where he has been since the year ’72, when he left the psychiatric hospital, inhabiting an island of waste and plastic, the diameter of which is the same as that of a children’s swimming pool –taking up, in fact, the space of a traffic island, in this case one of detritus and tangled masses of wrappings– O Condicionado. This homeless Afro-Brazilian, a native of Salvador de Bahía, is invariably occupied with writing, neurotically prosifying –like the violent opponent of an all-seeing regime– about vigilance: “Unidades matemáticas do universo todo, laconicamente, avisaráo á humanidade, que ha um erro congenito, de uma unidade na matemática.”
Is not this old man, enveloped in a subdelirium of mathematism, proclaiming the error that Virilio defines as an accident inherent in the fact of dromological overflowing and speed? Is he not really proclaiming, from the stance of his presence and the perpetuation of that public micro-space –this beautiful, static indigent with no camouflaged weighing in his world of casein and cellulose– that any attitude, let alone attire, is plastic, and that image, in truth all images, are no more than the registering of a previous accident? Is he not seeking, contradictorily, from his rigid dissidence, to adopt the malleable disguise of the remould in order to operate against acceleration from a total braking effect, through the anonymity of that black, tarred obscurantism of plastic?
Anyway if, as Virilio sustains, all technological development contains a negative side, given the need to dominate power through high speed and said speed in turn, when deprogrammed, causes accident, jumble, heap and disaster, is that denial of mobility, that time-space halting of statuary, not precisely the miracle of absolute detection of accident; a minute attitude of an antimissile shield?
In any case, if the accident precedes the image, what is the function of art? Showing the event and therefore, delaying, or preceding and thus, contingent?
In this way it is foreseeable that we may witness the imaginal exaltation of the explosion of the Columbia space shuttle and its dissemination, together with that of its seven crew members, around the states of Texas, Louisiana and Arkansas. It is foreseeable because the image culture is unitary; because the aesthetic values of superficiality are arrogated. It seems that the event only took place in accidentality, in the precise moment of the impact, of the disaster, the eclosion, the sound and luminosity of things contemptible. Nobody appears to attend to the great immersed structure of the iceberg; from the distance and perversion of a sublimed gaze we only attend to the dramatics of the scene, to the collusion of the facts. News is the sale of “current affairs”, for which it is always première night.
The surprising thing is that this indigent narrator, in another of his texts, crosses callipaedic space (which seeks the generation of beautiful children) and reveals himself as a eugenist, in spite of probably being eliminated by his own theories, bearing in mind his “dysgenic nature”: “Sou da opinao, que os mais velhos, deveriao eliminar toda a parte da juventude que eles consideram indigna do progresso. Eles farao e controlarao a natalidade, deixassem nascer so aqueles que eles considerassem dignos de tudo que eles fizeram. Para um mundo melhor.”
These fascist aesthetics of bodies and minds surprise, unless they respond to a natural withdrawal, that is; to self-sacrifice in the interests of a society that would be governed by the introduction of human guinea pigs and the exclusion of deprived elements. Given that the latter, the exinscribed, already inhabit “non-places”, O Condicionado, like the vagrant in The man without a past by Aki Kaurismäki, has the burlesque disguise of the invisible man and just like him, spends the night in yielded detritus, in containers or amongst the architectural provisions and trimmings of the sweepings and waste contained in them.
The other sedimentation, that of being fragmented or clastic, is that which originates from the secrecy of agricultural day-workers or seasonal workers. They are the sum of another social fragment of invisible men, that is, those who come from illegal immigration and form a sub-class of temporary gender, living in anonymity, waiting in a semi-slavish state for their employers and spending their nights in overcrowded circumstances and the architectural model of plastic or pigsties, as they are still chain gang workers or negro slaves.
This is the society of slums, of rubbish containers, of sluices and metros, of drains, of cavities of filth and muck, of the motility of portable architectures, of foulness and crematoriums. The contemporary homeless person inhabits a heteroclite territory which includes transparency and therefore, the vigilance of cashpoint porches that end up carpeting the space of those who have left their social class, occupying a greenhouse watertight space, a panoptic cell they turn up to with no possibility of transaction. This territory also includes a cardboard stucco which moulds to the shape of bodies thanks to urine and the damp of the air. The body is, therefore, seduced by the cellulose and the printed word; it is seduced in the way the word ceases to bother about its intrinsic value (communication) and thus appears not to agree on the eccentricity; on the absence of centre, on the exinscription and margins. In this way, the remnants dry up on the body of the tramp, of the infra-heroic invisible man, conditioning his singularity, his disorientation to the detritus hindrance of consumption; that is, they end up protecting themselves from environmental accidents, from common packaging to the production chain – to a reflex, specular chain of venality, unfortunately giving lactic products its own expiry dates. These, without doubt, are the aliens of begging; those who fell in the face of an imbalance in income and resources called the development ditch.
Another indigent genre of invisibility, or at least of concealment, is that of mole people. Here we could speak of a sub-genre, as the whole of their existence is assumed to be subsumed, subterranean, subverted. The Mole People, the inhabitants of the subway, the tramps who live out an existence undermined by tunnels in the subsoil of the cities, and on different levels: “Some tramps live on the walkways constructed a short distance from the deafening roar of underground trains or in holes dug in the base of the platforms where the passengers wait, although the majority have installed their dwellings at a distance from operational rail lines.”
The same metro, in short, opened up as a precautionary measure in Madrid last winter because of the low temperatures, which prevented the homeless who occupied the different stations freezing to death, using them as preventative bedrooms. But these contemporary caverns, which swallow up the time of the metronome in the great cities or metropolis –metro is the apocopated form of metropolitan– hide, in their inextricable nervation and levels of tunnels, delinquents, drug addicts, social misfits, mentally ill people, graffiti artists and also vulnerable beings, with no means of subsistence, who come to the darkness to avoid open gazes, to bury themselves alive under a system they are unable to integrate in because they are dysgenic, different or unproductive. The metro, apart from being a form of transport that unblocks the large urban surfaces, is an architectural structure for the uncompetitive.
To sum up (and return to the beginning), for immobilists, for those who react in the face of speed, in the face of the Virilian dromology from paralysis.
In short, like O Condicionado, a non-returnable individual, landless, slum-dweller, if by slum we understand an irregular settlement with no public services, promoted, amongst other social considerations, by the non self-government of a country, in this case Brazil, in the face of a situation of increasing subordination (indebtedness) in the flow-chart of the international economic system. This sterilisation in the space of economic debate is concomitant to the sterilisation of watertight, depressed spaces on the outer slopes of the mega-cities or in their epicentres and, at the same time, it is concomitant to union movements such as the MST (Movimiento de los Sin Tierra – Movement of Rural Workers Without Land).
Since, however you look at it, the Brazilian disease appears to be a social disease, given there is a certain amount of impossibility in transferring a whole modern, growing technology to these barely productive jobs, an e-mail campaign has been set in motion for the “favelas” of Rio, with digitalisation financed by a 1,5 million dollar credit from the Inter-American Development Bank. The portal –what else– that seeks to take the Internet to 20 slums in the city and attain a volume of 40,000 e-mail operations a month, is called “Viva Favela”. A “Viva Zapata” of digitography and modernisation that will install itself like a trace of transparency and transaction to the only non-panoptic habilitation structure still maintained on the planet. If calculations mathematise a social accident of refuge for three million people out of a city of six million –the star emblem of which, the Corcovado Christ, seems to be the only vigilance icon of hardship in a social structure controlled by bands of drug-traffickers– the moment of disintoxication-mania, perhaps of that atmoterrorism, 7 in this case psychotropic, indicated by Sloterdijk, seems far off.
In spite of everything, at least Rocinha, a ‘favela’ slum where over 200,000 people crowd together, has already been installed in cyber-space; a virtual pan-space installed in an architecture of slicing and supra-fusion of remnants, that architecture of cyberception, defined by Roy Ascot, that will be established then with its interface in the conscience of the non-visible, of the illegal immigrant. Can those outside the class structure finally extend themselves from their displacement? Will this cancel out their singular condition of paralysis and braking? Does the worker without land, the static person, the cryptic peasant acquire, from his impenetrable sanctuary of habitat and crime, an elasticity that will uncover him and assimilate him into a fundamentalist capitalism of conscience and displacement? What then, will happen to O Condicionado and the slum-dwellers of Brasilia Teimosa, on the outskirts of Recife, where the shanty towns are constructed on stilts above water? What will happen to all the shanty towns in Latin America, the populations of Chile, the “barrios” of Venezuela and Ecuador, the “misery towns” of Argentina and the “barriadas” in Peru? Will this be the syntagm of a telematic prayer, a global secret discussion, will it be a cyber-café, however precarious its furniture? At the moment, this initiative is connected to the Internet by radio waves as these Human Hives have no telephone networks. To start with, make a note of: www.rocinha.com.br.
Already previously, during the second visit to Rio de Janeiro by John Paul II, a logical otherness of space occurred, profaning the shanty sanctuaries with extreme protection measures, including the capture of 29 popular districts; 20.000 police officers and 6.000 soldiers, with their natural distribution of the human settlement, deployed their positions, analysing the possible offensives (analysing them in terms of tactics and strategy) they could undertake from the counter-figure of transparency against transparency in itself. That is to say, are the slums, inasmuch as they are irregular, impenetrable settlements, not those insubordinate, light-dissolvent social spaces; those small fragments of darkness where the institutions and bodies that execute panoptism cannot operate? Is there not, then, logically, the possibility of an offensive from camouflage and social burial without tabulation or qualifying organisation, against the army of Light? Even the position of military and police bodies, preventative but at the same time primary executors, in definitive cases, of the organisation of hardship, do not only foresee movements of direct intervention, such as snipers stationed on the hilltops or in the profitable accident rate of the detritus emporium; they also foresee the risk of “stray bullets” from conflicts between inhabitants of neighbouring districts.
A total of 43 streets and avenues in Rio de Janeiro were sealed off to vehicles to enable the free movement of the only sealed, panoptic vehicle by definition: the Pope Mobile. Its water-tightness protects him from attacks; its visibility provides him with the supreme window dressing. Really, given the Pontiff’s hierarchy and his capacity for bringing in crowds, 1,5 million of the faithful were observing him, bestowing on the vehicle a transmission of total visuality, given that in it one perceives the figure in real time and the original place, but also in recorded time and in an informational space. Panoptic, glass window, for planetary contemplation of all the religious fellows –or not– of the Catholic representative of God on Earth. The Pope Mobile is, in fact, unique in design, unique in that its transfer is merely presence-related and its technology is more anti-ballistic than motorised. But it is also part of that ideological system: terrorific ultraliberalism (proposed by Viviane Forrester, and which endemically passes on segregationism) as it covers territory which is not planetary and geographical, but immaterial and physical. Transport of the Pope is pan-planetary, its telex is extended with orbital precision, its televisual window requires the same distribution channel that generates the differences in abstract form, quite probably involuntary by now. The world is the victim of a devastating system aroused by gain, of a social distribution of profits, which in turn yields with its rubbish the pillars of the, among many others, 3.950 slum settlements in existence in Brazil.
Back to São Paulo, the city of O Condicionado, one of the planet’s huge cities, a metropolis with over 17 million inhabitants where the remotest districts concentrate a population which barely has any income in areas lacking in town planning regulations, but where there are spaces in the centre expanding uncontrollably, territorialized by a population with precarious incomes. A population with sound legal advice for squatting in deserted properties or empty buildings, giving rise to the so-called vertical ‘favelas’. Authentic towers of gigantism, the external vision of which reminds one of a swarm. Human paraphrases added to windows that are unfinished, newly-cemented or de-structured by acquiescent environmental pollution, general and passive, without frames or glass, similar in their elevation to the gemellarity of ‘terror-destruction’. This may be a more than constructive ethic demolition, but the effect of challenge is the same, the same visuality segregated in one case due to stentorian prosifying of capitalism and in the other due to the prosifying of the counter-powers of the dictatorship of absolutism and speculation. It is no accident that near the largest vertical “favela” in São Paulo there is an equally colossal replica of the Empire State building.
But this precedent is reiterated in a spectacularly symbolic way, in an illustrious town planning project: the verticalisation project for the favelas de Cingapura districts. A proposal by the municipal government selected in the good practice contest sponsored by UNESCO in Dubai in 1996. Its services seek to reduce and prevent crime, provide access to communications, use and generation of energy, drinking water supply, waste management, housing and access to financing for it, and of course, town planning organisation and regulation. All those without land, without law, the obscured, those invisible to the system are finally catalogued; that is, they are prescribed a certain type of morality, given that they are being furnished with the usage of a pre-defined space, something Foucault defined as history of spaces which is in turn the history of powers. A sum of tactics for a minimised geography of habitat.
The idea of verticalisation (high-rise residential buildings) is none other than the re-housing of high-density slum populations in the same terrain they occupied previously, institutionalising their context and regularising ownership of the land. To sum up, given there are no spaces in which to create road networks or other services, building takes place upwards and the tenants are not evacuated, they are given citizenship and are not expelled to outlying areas where it would be more difficult for them to gain access to their places of work. The city, which is already excessively stratified in itself, in a constructive disequilibrium brought on by acceleration (see the height of the 1950s and the de-structuring of the large rural areas), thus gains access to those small bodies constituted unofficially and which have a notable influence on the decisions of the powers.
If in the city of São Paulo 380.000 families live in deprived areas, it seems logical that the first problem this project is coming up against is the lack of interest in becoming a legal community in certain districts dominated by criminal groups. To date 51 degraded areas have been regenerated.
This resistance to constructive erection by the mole is none other than the persistence, in small agglutinating stages, of independent town planning that can be consolidated in micro-spheres inserted at the base of a detachment of organising, automatic distribution. These districts act as counter-panoptics removed from their compression and overcrowding to a system of coactive surveillance, enquiring and police-like. The shanty town problem acts against the state like an insurrectional system against the gaze. To sum up, the action of uprising against military assault troops and the subsequent entry of demolition infrastructure: tractors and power shovels. These urban development micro-grafting epics –from a natural ideology of counter-panoptism, of recovery of the dark spaces, of the black holes and the night that is postponed and in constant perpetuation– are now experiencing the contraction of uprising, of insurrectionary uprising against construction uprising. In short, a growth in horizontal expansion subject to the laws of group hiding against vertical growth subject to the laws of visibility and individual notation.
There is also the problem, to date at least, of the ruling class which has approached the illegal city, not with the intention of studying its creative deregulation or Diaspora-like concentration, but as “clients”, not incorporating a housing policy, but rather a propaganda policy that strengthens development that is conflictive, to say the least.
Transformation, reform, from a partial vision of remnants and intrigues, make the town planning vision of the municipality see these districts as tangled, homemade and lousy, excluding any possibility of aesthetic debate; when the truth is that this rubbish-tip, recycling architecture acquires calo-urban, identitary values. The configuration of container spaces (resolved since the revalidation of rubbish-tip material) alongside the management and treatment of waste, are two of the greatest town planning concerns. It is precisely that architectural vertibility (exposed to collapses and landslides) or the lack of septic tanks – that is residual and excrement progression, which unfortunately make these areas new zero zones susceptible not to airborne terrorism, but to the legalised terrorism of demolition: that of power shovels and evacuation.
Sloterdijk said: “Anyone who says he is not a rubbish-producer and that he has no opportunity to be otherwise risks dying by suffocating in his own crap.”
If we agree with Sloterdijk that we are the children of an anal culture in spite of having a perturbed relationship with our own shit, how can we comprehend that around three thousand million people in the world do not have toilets with cisterns, due to lack of water in countries such as Ethiopia, or the staggering reality that over one thousand inhabitants of the planet live in slums and that this figure will double in just 20 years? It is logical then to think that that perturbed relationship with our own excrement must be modified in cities such as Cairo (inhabited by 16 million people who create 10.000 tonnes of rubbish a day). All over India the women go to the fields before day breaks; it is a form of bowel movement under the shadow of night, a desire to dispel all excretory needs.
Bowel movement is another natural, individualising and exhaustive way of desertion of the gaze, it is an everyday ability immersed in dissolvent tactics. On this point we should agree with Joseph Jenkins that we must turn human waste into fertiliser, as he explains in detail in his Humanure Manual –A Guide to Composting Human Manure–, where he stresses that “Defecating in our drinking water is perhaps one of the most curious customs of our culture, and the one spoken of least.” These detritus reintegration habits are the same as those concerning re-utilisation of rubbish. This rubbish collection work is carried out in Cairo by the Zabbaleen, experts in the elimination of waste products and in the classification and subsequent recycling of them to raw material state. Rubbish and faeces are none other than the same excogitable nightmare; a dream of volcanic eruption, of excremental, totalising magma that slowly, but with terminal consistency, becomes dense on the outskirts of our cities, contributing to the creation of a syncretic space of atmo-emotional alterity. A symbolic link of the random ultra-tyranny of a non-realist and speculative political vocation; a symbolic link of the ravages of the surplus; a clear sign of the weakening of the West around a real conjecture of accident. It is the structural intoxication of a mediatically pathophobic, environmentally microbial world.
How otherwise can we interpret the fact that in towns such as Sambhaji Nagar II, an Indian NGO has constructed a toilet building, several storeys high, for around 500 local families? The toilets (pouring under), at the end of the day, are next to the crypts (underlying), remote, hidden spaces, with a sense of nuclear removal from gazes. The Spanish word for toilet, “retrete”, comes from “retirado”, “removed” or “remote” from the subject who withdraws to take a short break in the toilet, the loo, the lavatory. Lavatory is “xcusado” n Spanish; voluntarily excluded, therefore, from the omni-contemplative power of the inquiring gaze.
This verticalisation of the multiple latrine is the same as that which has led Pele to rent a niche on the ninth floor of a funerary building that can be seen from the Santos stadium; the same that leads to the verticalisation of the favela to a desire of visual control over imprisonment spaces.
Favela, lavatory and niche are the only figures of spatial resistance to the gaze because they enclose a desire for burial, for closure, for anti-corrective tactics of the habitat. A certain illegalism by law but not by offence. Society needs a sure future establishment of its subjects in order to not feel attacked. A stable society would be that which registers the DNA of all its individuals on a macro-computer, with a giant screen enabling immediate visualisation (speed is a synonym of power), as in the pseudo-film Minority Reports.
What strange Babelic execution, with a large projecting, emerging window, ends up generating buildings of funerary flats or toilet blocks like small temples placed on top of one another with the function of inhabiting (which is possessing) in a non-visual, private, intimate manner, given that showing it would qualify such spaces as obscene? Without doubt, an exhibitionist action if we bear in mind that vertical expansion of it, in some way, infringes its natural context, so we could say that these buildings take on a value of possession due to violation as they break the regulation or at least, the habitual horizontal expansion that occupies symbolic segments for both death and micturition with their depurative burial and drainpipes. The vertical favela is, nevertheless, a building by territorialization, by extension. In short, it reproduces, in a high-rise squatting field, the same local habits, where the corridors and community area interpret the gestures and actions of the road network and the apartments are still shacks, subdivided shanties, where light comes in through the skylight but which still maintain, within that irregularly, although not illegally occupied space (as this type of capture of space by the homeless is not an offence), failings in the communications systems, the drinking water supply and waste treatment. A problem which can be extended no only to Brazilian cities such as Rio de Janeiro, São Paulo or Recife; in Kingston, (Jamaica), for example, only 18 percent of the inhabitants have access to drains. And in the same way, it is not only in Brazil that there are advisory services for squatters – they also exist in England (Advisory Service for Squatters) or in France (Droit Au Logement), within Europe, although regularisation of the state of land ownership is another matter.
Meanwhile, the world is becoming detrital and requires alternative planning for the generation of the architecture of warning lights, of toilet or funerary signalling. Jacques Fresco, engineer, industrialist and designer, is preparing a town without noise, pollution or crime for Venus in Florida; a hygienist utopia called Venus Project: a prototype based on high technology and new energy resources, constructed using intelligent materials, self-management materials, nano-cubes. Therefore it seems obligatory to strengthen the “venusity” of towns, protect them from undesired agents of irregular construction and unofficial maintenance. It also appears correct to think of global experiences that assimilate the gaps in a magnitude that totalises the cognitive and perceptive experience and delete the tracks of any obscene terrenity. Terrenity, which is none other than the symptomatology of an invaluable fragmentary discontinuation.
The fact is that behind this pompatic desire, of unknown cognition and supra-national governments, an incomprehensible concept of the most elemental rights is hidden. A world without crime is a callipaedic and eugenistic world, a viewpoint of capital wills, whose excess of regulations eliminates social flaws and the sum total of dysgenic subjects. We should ask ourselves Philip K. Dick’s question, Do androids dream of electric sheep?, which gave rise to Ridley Scott’s film, Blade Runner, amongst other things because it portrays a dehumanised metropolis, ecological disorder and biogenetic manipulation and at the same time involution towards police totalitarianism. We should also ask ourselves how to alternate self-management materials, (the highest quality products, sensitive, insulating materials) with the interiors of tetra bricks as the most technified slum system for insulating informal towns, as in the case of Salobral on the dual carriageway to Andalusia south of Madrid.
It was Kant who put forward that what is sublime or terrible becomes bizarre when it is absolutely unnatural. There is more obscenity in the excess of sublimity than in the thinned-out skeleton of a building of cesspools and latrines. We should inquire about deicide as a recurring theme in contemporary architecture and about the considerations Derrida makes on the conquest of the sky… “that achievement of an observation point (rosh: head, chief, beginning) means giving oneself a name; and with this grandeur, the grandeur of the name, of the superiority of a meta-language, it seeks to dominate the remaining lineages, the other languages: to colonise them. But God descends from heaven and speaks one word: Babel…and with it, He condemns men to multiplicity.” It seems clear that the non-execution of any possible Babel has made possible a history of architecture and at the same time, a constructive history of marginality. And with it that underlying desire for town and observation tower, as majestic symbols of hegemonic power and domination, have been succeeding, cyclic attempts at supra-national regulation and imperialist vigour. The Venus Project, without admitting it, is a project for a prospective Babel which would cancel out the alterity, strangeness, difference and multiplicity of languages. It is the prominent ambition of a single model as opposed to the deconstructive fulfilment of not adhering to any tradition; utopia versus heterotopia .
“When something which endures comes up, something that really does represent a basic change, it takes root and establishes itself. Its period of ugliness and revolution will be left behind. It will not have to change… The true revolution will cease to be revolutionary and ugly and will become beautiful. It will do so because of our perception of it.”
To mention Cidade de Deus, Paraisòpolis or Novo Mundo by name, as designative forms for these ‘favela’ districts, is not a contradiction but a configuration made in accordance with the measure of their aesthetic significance.
Some slum districts, such as Mahakan Fort, on the edge of demolition, on the island of Rattanakosin in Thailand, are almost one hundred and fifty years old. Are they not epic, then – symbols of the dromocracy sustained by Virilio? That is to say, should we not conserve, as ideological heritage, an architectural practice of remnants and pastiche as an indicative selenosis of the disagreement of the pariahs with the political economy of speed? And it is true that, from their small barricades, many slum districts protect themselves from governments and town councils every night as a precaution against demolition. Enzesberger said, “the more intensely a civilisation defends itself and builds walls around itself in the face of an external threat, the less there will be left to defend in the end.” It seems, therefore, that whilst they grow, inguinally, on the outskirts and slopes, slum districts will have nothing to fear, except for the speculative growth of land or the planning of a dual carriageway, but if they are located in the epicentres of the larger cities they will find themselves in a cancerous phase, as for the town councils they mean chachectic architecture which will implode on its unbreathable rancidness and even worse, will function as indicative, apologetic mirrors of an ultra-liberal society drowned in the trimmings of its own excess.
If, as some political scientists sustain, in the future there will only be one ideology and it will be ultra-ecologism, these profitable, constructive recycling structures should not fall into disuse, but the mythical Babel advances and town planning will tend towards the ever-dangerous single model. Even a favela-dweller like O Condicionado, from his natural precedence, asks himself how long the merchants will take to manage materiais com as prestacoes necessarias para a construcao de novos universos.