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LA VÍSPERA DEL ACONTECIMIENTO
Una visión de São Paulo


Para describir São Paulo… habría que apilar y comparar números, copiar tablas y tratar de manifestar el crecimiento con palabras. Sao Paulo no ofrece un cuadro, porque ensancha de continuo su marco, porque es demasiado inquieto en su rápida mutación. La mejor manera de presentarlo es a modo de una película que de hora en hora pasase más deprisa .

Embarco… el vuelo de Madrid a São Paulo está completo, ya en el avión distribuyo los libros y me dispongo para una larga lectura sin distracciones, estos primeros momentos preparatorios del viaje son esenciales pues debes mostrarte educado pero inaccesible a la persona que se siente a tu lado, debes responder a sus preguntas con monosílabos en una especie de evitación de quesiqués; de otra manera, como decía Montaigne, el incremento de participación arruinará otro día de lectura.

Siete horas más tarde un sol declinante me sorprende por la ventanilla mientras releo a Claude Levi Strauss que determina que las ciudades del Nuevo Mundo pasan directamente de la lozanía a la decrepitud pero nunca son antiguas. Me asomo con interés y observo que entramos en Brasil por el nordeste, las ya características cortinas de humo se dispersan sobre una foresta salpicada de lagos, el avión entra en ese momento entre quebradas de nubes y a su vez como un calígrafo traza con su sombra una línea perfecta sobre la tierra o, repentinamente, sopunta la superficie de las nubes más bajas.

Llegamos puntualmente al aeropuerto de Guarulhos. Ya en el coche de camino a la ciudad por la marginal Tieté, con un tráfico sofocante, abro las ventanas, y me encuentro con un olor intenso y acre proveniente del río Tieté justo a nuestra izquierda. La respiración se hace dificultosa e intento evitar el olor succionando en pequeñas alentadas. Este río que recorre el estado de São Paulo de este a oeste nace en Salesópolis en Serra do Mar y atraviesa la región metropolitana de São Paulo, recorriendo 1.100 kilómetros, hasta el municipio de Itapura para terminar desaguando en el Paraná. Tieté significa caudal voluminoso aunque lo realmente voluminosas son las dragas que se levantan sobre sus márgenes intentando limpiar uno de los caudales más sucios del planeta con aguas negras y densas. Lo preocupante es que esta coloración alquitranada no parece superficial ni en suspensión, cuando el agua en realidad no tiene color y el material colorante resulta del contacto con detritos orgánicos o industriales. Hay algo simbólico entre esa turbidez residual del río de olor sulfuroso y el desorden poblacional de São Paulo y también, como me indica el taxista, con los cadáveres que esconde su manto negro y que levantan las palas accidentalmente. Este averno sin embargo pretende ser ambientalmente recuperado por medios hidráulicos, sanitarios y forestales, si bien, su sostenibilidad ecológica no se prevé antes de 40 años.

Espacios vetados

El que espera recibir en São Paulo singulares impresiones estéticas, sentimentales o pintorescas, quede advertido; es esa una ciudad que crece en dirección al futuro, con tal inquietud e impaciencia que apenas le queda sensibilidad para su presente y menos aún, desde luego, para su pasado .

Así deben pensar los paulistanos cuando reconocen que, a pesar de sus 450 años de existencia, São Paulo es una joven ciudad sexagenaria. Si bien, debido a esa juventud, a esa recental pero radicalizada concentración urbanística y a su metropolitanización (se la denomina la ciudad que no para), es una ciudad donde la vulnerabilidad social y la violencia se asocian a una vulnerabilidad territorial.

En cierto modo, São Paulo es una conurbación constituida en segmentos o pedazos espaciales, con un particular desembozo a la hora de un establecimiento nuclear de las infraestructuras. La mayor parte de la población no consigue instalarse en las áreas donde el mercado inmobiliario se organiza mejor y poco a poco se periferiza. Esta desigualdad está estatuida no ya entre las diferentes regiones de Brasil sino entre los espacios urbanos; si el 50% poblacional más pobre subsistía con el 14% de la renta del país el 1 % más rico disponía del 13% de la riqueza generada.

En sí misma la ciudad de São Paulo siempre ha mostrado pedazos ; estructuras diversiformes e intraurbanas de desedificación. Ha mostrado también escasos recursos infraestructurales de servicio y sanidad en las áreas ex-céntricas y a su vez ha focalizado el establecimiento de la renta en una porción del anillo suroeste que converge con el centro histórico. No hay que olvidar que a partir de la década de los 50 São Paulo fue marcada por un proceso de desenvolvimiento económico-industrial, con fuerte migración interna de mineiros (provenientes de Minas Gerais) y nordestinos (provenientes del nordeste de Brasil) para atender la demanda ascendente de fuerza de trabajo y que se vio acompañada por la concentración de la riqueza en la región suroeste y la periferización socioespacial de los trabajadores. Y es, fundamentalmente, durante ese proceso histórico, en ese movimiento de asentamientos, donde comienza a producirse una distancia entre su población establecida en parámetros de inclusión y exclusión. En sus 96 distritos gran parte de la población actúa aún como acampada urbana, como estructura desafiliada, dado que los sectores más pobres son entendidos a los ojos de los organismos públicos y de poder como aplazamientos, por inapeables, intraurbanos y clandestinos.

Sin embargo como un fenómeno global en las megalópolis aparecen nuevas estructuras de segregacionismo, en este caso arquitectónicas, que no necesariamente se establecen desde la tradicional bilocación centro/periferia, de tal modo que en zonas espaciales concomitantes se asientan diferentes grupos sociales separados por empalizadas y tecnologías de vigilancia; que impiden cualquier tipo de frecuentación, interferencia, o circulación entre desemejantes. El no reconocimiento del otro como sujeto de intereses diferentes y pertinentes oblitera la dimensión ética de la vida social. Exclusión no es necesariamente un estado de inopia, de privación, de perdida o de no pertenencia, se trata más bien de un proceso de separación, de una decisión histórica de apartamiento radical del uso o la licencia de la preponderancia y el arbitrio. Esta no atribución, esta no competencia, exinscribe al sujeto de la toma de decisiones, de la toma de territorios, y de la soberanía, en suma, de la influencia.

Este deseo de habitar, que es siempre un deseo de poseer lo explica así Teresa Caldeira: São Paulo, hoy en día, es una ciudad de murallas. Por todas partes se levantan barreras materiales: alrededor de las casas y los bloques de viviendas, de los parques, las plazas, los edificios de oficinas y las escuelas. Una nueva estética de la seguridad preside todo tipo de construcciones, e impone una lógica sin precedentes basada en la vigilancia y el aislamiento .

A su vez, desde esta fractura urbana, donde se compatibilizan en espacios colindantes separaciones abruptas, definitivas, la separación es si cabe más extrema si tenemos en cuenta que los portadores de la exclusividad transitan por distancias transoceánicas, planetarias, fundamentadas por las infovías de los negocios globales, mientras los excluidos transitan por distancias intra-urbanas y su percepción es únicamente local.

Durante el transcurso de tiempo en el que la fracción social de los jefes paulistas tiene una concepción sensoria de lo global y del día electrónico, donde no existe la noche, y las transacciones u operaciones pueden ser ejecutadas sin horarios ni franjas de luz desde la ventana panexpandida del ordenador; los desheredados, los confinados, viven en la opacidad, en un territorio local, experimentado desde el ocultamiento, donde la noche se perpetúa y hay un deseo disolvente de la mirada.

Este aislamiento entendido como una disociación integral de las clases sociales consideradas inferiores, naturaliza los ghettos como planificadores urbanos, pero, mientras la conformación de vallas, como establecimiento de un asentamiento inaccesible en los poderosos, industrializa un retiro voluntario y elusivo; en los desheredados la exclusión los confina a ghettos involuntarios de donde difícilmente pueden salir puesto que como individuos “disgénicos” no soportan el capital de las movilizaciones y, por tanto, no tienen a donde ir.

São Paulo se incorporó al siglo XXI con más de 11 millones de habitantes, cifra que alcanza los 30 millones si abundamos en zonas limítrofes del estado que están siendo absorbidas por la megalópolis. La gran particularidad de esta megaciudad es que concentra alta tecnología y fuerte capital productivo y financiero, dramáticamente sintetizado con una alta exclusión social y un bajo compromiso democrático. Esta política económica de la velocidad provoca la impracticabilidad conjunta de ambos mundos dadas las diferentes capacidades de aceleración. Así mientras en determinados ejes paulistanos se proyecta desde la subitaneidad en otros hay un efecto total de frenado.

No debemos olvidar que São Paulo asienta 330.000 metros cuadrados para la celebración de ferias, convenciones y congresos y que por lo tanto es el núcleo del turismo de negocios de Brasil, promediando el 77 por ciento de los grandes eventos que tienen lugar en el país. Sólo en el 2006 albergó unos 70.000 encuentros los cuales concentraron a más de 15 millones de participantes

El orden de asimilación de los ritmos urbanos proyecta una diferenciación de clases. Las clases elitistas cuanto más aglutinan el éxito de la inclusión y la velocidad más se defienden de sus adversarios, que no son otros que los habitantes de la clase improductiva en términos de ejecución social y económica. Este afán particular de construir barreras perimetrales y simbólicas que separen los terrenos reclamados de los aborrecidos y enemigos potenciales es, señala Zygmunt Bauman, la meta de toda innovación en materia de arquitectura y urbanismo, a la vez que incide en la velocidad con que se generaliza y propaga. Este modelo estadounidense ha tenido una especial incidencia en Brasil cuyo uso designativo es el de condominio: Estructuras residenciales que extreman sus medidas de vigilancia y seguridad y dotan a sus espacios de una totalidad de servicios. Las empresas constructoras y las agencias inmobiliarias han edificado en São Paulo 12.000 condominios y más de 3.000 barrios cerrados, protegidos por sistemas de detección altamente especializados. A todo ello se podría añadir la última tendencia de habilitar en el interior de las viviendas de los altos ejecutivos paulistas refugios bunkerizados a prueba de balas, fuego y explosivos.
La violencia, señalaba Hannah Arendt, se distingue por su carácter instrumental. Fenomenológicamente está próxima a la potencia, dado que los instrumentos de la violencia, como todas las demás herramientas, son concebidos y empleados para multiplicar la potencia natural hasta que, en la última fase de su desarrollo, puedan sustituirla . Dicha bunkerización, por tanto, no responde a un deseo de resistencia sino a un empleo de la tecnología que neutralice, y en el mejor de los casos disuada, a la potencia.

Bauman cita al joven crítico de arquitectura y urbanismo Steven Flusty a la hora de definir estos espacios vetados, los interdictory spaces, destinados a interceptar, repeler o filtrar a los posibles intrusos: Las innovaciones en materia de arquitectura y urbanismo que Flusty distingue y enumera son los equivalentes modernizados de los antiguos fosos, torreones y troneras de las antiguas murallas; pero hoy en día no se erigen para proteger a la ciudad y a sus habitantes de enemigos exteriores, sino para separarles y defender a los unos de los otros después de haberles asignado el papel de adversarios .

Pese a que el mayor número de asentamientos irregulares, la llamada ciudad informal o no planeada, se establece en las periferias, muy especialmente en el cinturón de municipios del Gran São Paulo, no es extraño tampoco contemplar el escenario extremo de la desintegración en el epicentro de las grandes ciudades brasileñas; en Río de Janeiro con la ocupación de los morros es incluso frecuente verlas insertas en el tejido urbano. De esta forma nos encontramos casos extremos de conjugación residencial; en São Paulo la Favela Morumbi, como muchas otras, crea un anillo en torno a los condominios de clase alta en zonas de una alcista especulación del suelo.

El escenario de su visualización es extremo dado el encaramiento de los opuestos, la incardinación de dos sistemas radicales del habitar. En ambos ghettos se sostiene un movimiento del ánimo internalizado; es decir, contrario a la extraversión que implica una atención al mundo exterior por medio de los sentidos. Es el grado último o el límite infranqueable, la extremidad del sistema. Pero todos los límites, las fronteras, los bordes lindan unos con otros; por consiguiente friccionan y ahí se da la paradoja. Si la mixofobia de la que hablara Bauman se caracteriza por la determinación de buscar islas de semejanza y paridad en medio del mar de la diversidad y la alteridad, cómo podríamos entender que muchas de estas viviendas fortificadas recojan en sus dominios, y trabajando para su seguridad o en el ámbito de los servicios domésticos, a aquellas personas de las que se protegen. Más contradictoria aún es la circunstancia de que todos los apartamentos residenciales brasileños cuentan con un recinto o ala para el servicio, servicio que duerme en estas casas semanalmente y que sólo abandonan en sus días de folga o días libres para dirigirse a las favelas del entorno.

Por otra parte resulta paradójico que las pocas intervenciones serias de la municipalidad de São Paulo de intervención habitativa fuesen encaminadas a la demolición de estos barrios chabolistas y a la verticalización. Por ejemplo el Proyecto Cingapura, que es el programa de reurbanización y verticalización de cantegriles (favelas) más importante de Brasil, fue planificado por la municipalidad de São Paulo y aprobado por la Unesco implantándose en diversas zonas de la ciudad, y totalizando 34.394 metros cuadrados construidos y más de 3000 apartamentos. Este programa pretendía reducir y prevenir el delito, obtener acceso a las comunicaciones, al uso y generación de energía, al abastecimiento de agua potable y claro a una ordenación territorial y normativa. Pero finalmente terminó siendo fallido porque, entre tantas otras irregularidades, fue un proyecto que no desplegó un plan de arquitectura y urbanismo, que no discutió la intervención con sus moradores, y que abandonó las viviendas ya ejecutadas al deterioro, deterioro insular, dado que la favela crecía en torno a una edificabilidad vertical proscrita entre las barracas.

Habitar no es tener sólo un abrigo, un apartamento o un módulo asignable, habitar es conformar una estructura de extroversión y de generación de espacios contextuales. Si el estado provee asilamiento, guarida o refugio para a continuación desvincularse de la alterabilidad del espacio, de su lugar y calidad, el estado no provee vivienda sino que amadriga o atrinchera a una población; la asiste de cobijamiento pero le niega la influencia. Este abandono de influencia es, en realidad, un ejercicio de detracción dado que a esa ejecución de módulos habitacionales se le substrae o se le aparta de la permanencia, de la posibilidad, en suma, de evitar la deterioración. Todo abandono implica una pérdida y toda perdida implica un deterioro pero todos ellos están sujetos a la voluntad del que abandona.

Detrás de este proyecto había, además, una intención emboscada: la de que los sin tierra, los invisibles al sistema, quedaran, por fin, catalogados; es decir, que se les prescribiera un cierto tipo de moralidad dado que se les procuraba un uso de su espacio predefinido.

Este tipo de segregación posibilita que en la ciudad de São Paulo los servicios públicos (distribuidos de forma desigual en el espacio urbano) privilegien grupos sociales e intereses concentrados. Como expone Nabil Bonduki: Un nuevo orden mundial se espacializa, reflejando su carácter discriminador: crea islas de lujo, modernidad, eficiencia y riqueza, ghethos de glamour en medio de una selva de precariedad, miseria y violencia .

La producción de un sistema de blindaje contra la diferencia, o contra el miedo a la diferencia, a la que se le presupone o se le prevé el acto violento, llega lógicamente a todas las interferencias que residen en la acción social y el transporte, en suma, en el planeamiento de lo local a través del desplazamiento. De esta forma Brasil es el país que fabrica el mayor número de coches blindados, aproximadamente unos 3500 al año, y el que más empleo ofrece en puestos de seguridad principalmente a agentes privados y guardaespaldas. Únicamente en Río de Janeiro y São Paulo existen un millón y medio de guardaespaldas en servicio; todos ellos de formación extrema procedentes de Rusia, Israel o Sudáfrica. Al mismo tiempo São Paulo es junto con New York la ciudad con mayor tráfico aéreo del mundo. Los altos ejecutivos eluden el riesgo al secuestro y el miedo a los bajíos urbanos, al mundo subsumido, desde la altura de sus ingresos y poseen una visión de las calles como espacios no panorámicos que tienen desde su fruncimiento la enfermedad de receptar la delincuencia. Pero la última translimitación en el orden de la seguridad y el desplazamiento son los implantes subcutáneos de chips electrónicos que permiten que las víctimas de un secuestro sean rastreadas de forma satelital. Este implante tiene un coste de un millón de euros y ocupa una fracción social del 0,3% de la población paulistana. Parece, de este modo, que el destino del miedo se disuelve en un ideal posthumano, un evasor ciborg donde la máquina autosuficiente opera desde la autonomía de los controles homeostáticos insitos al propio cuerpo. Con razón asevera Paul Virilio que después de haber sabido miniaturizar los objetos, las máquinas, los motores, la técnica finalmente ha alcanzado sus fines al miniaturizar los trayectos, los confines del mundo, realizando de ese modo un nuevo tipo de polución, no solamente de las substancias sino de las distancias .

Por fin el abrigo y la fortaleza se situarían, inclusivos e inteligenciados, debajo de la piel; lo más profundo en el hombre es la piel profetizaba Valéry. Desde este momento las distancias y las geografías se reducen a una explanación definitiva. La localización dentro de lo global es un hecho, el cuerpo una vez asimila el chip actúa como expelente, como replicante. Los muros, las fortificaciones y el aislamiento, no son visibles se internan desde la abscisión y el injerto. Movilizamos nuestras residencias ya que residimos por fin en nuestros cuerpos, eso sí, invadidos desde el reclamo de la hiperproximidad satelital y la recepción digital en los otros cuerpos sociales de seguridad del estado. Todo nuestro organismo funciona como una bengala posicional y a su vez disuasora, una arquitectura del balizamiento.

En resumen aunque podríamos determinar que en São Paulo, como en el resto de ciudades brasileñas, el modelo tradicional que relaciona pobreza a periferia es suficientemente explicativo, (más aún teniendo en cuenta que se ha venido incrementando a lo largo del siglo XX), podríamos igualmente determinar que como una nueva modalidad de segregación socio-espacial caracterizada por la exclusividad residencial y comercial, ha ido apareciendo en algunas ciudades brasileñas, principalmente a partir de los años 70, una tipología de espacios vetados, aproximada al modelo americano, y formalizada por el levantamiento de condominios ricos en áreas del centro y en suelos apartados.

Teresa Pires do Río Caldeira incide en que los enclaves fortificados incluyen complejos de oficinas, shopping centers y, cada vez más, otros espacios que han sido adaptados para que se ajusten a ese modelo, como escuelas, hospitales, centros de recreación y parques temáticos. Todos los tipos de enclaves fortificados comparten algunas características básicas. Son propiedad privada para uso colectivo y enfatizan el valor de lo que es privado y restringido, al mismo tiempo que desvalorizan lo que es público y abierto en la ciudad

Siempre que abandono São Paulo pienso en términos de pérdida. Nada me parece entonces recuperable. En el viaje de retorno a menudo se parte de noche, con lo cual me acompaña la sensación de que el tránsito del nuevo al viejo continente responde más a una comunicación hoyada y subterránea que a la amplitud o anchura de un espacio indefinido. Quizá sea la prelusión a la necesidad de un dominio de espacios públicos frente a la elusión fortificada. No habría que olvidar que detrás del esquema tipológico de la ciudad informal se encuentran virtudes que tienen que ver con la autosuficiencia, los conocimientos locales, y con soluciones creativas y subrayaría (más en una época en la que el estado social, en realidad el dominio político de la vida social, se encuentra amenazado) con la indiferenciación del espacio público y privado.