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Dionisio González

La ciudad y sus múltiples

Existen muchas tipologías de ciudad insertas dentro de la propia ciudad, aún más cuando hablamos de megalópolis como Sao Paulo con un alto índice poblacional. Así nace por ejemplo la sprawl city o ciudad reptante que se expande en torno a los aeropuertos y los extensos recintos tecnológicos y cuya planificación es, en la mayor parte de los casos, la especulación cuando no la corrupción. En las grandes ciudades, a su vez, se están creando los interdictory spaces, o espacios vetados, que no son sino condominios cerrados, amurallados tendentes a encontrar una comunidad de semejantes. Se encuentra también la ciudad tematizada que suele ser el núcleo central e histórico.
Por otro lado existe una ciudad intraurbana conformada por asentamientos irregulares o no planeados “asimilada” por la ciudad central desde parámetros de exclusión. De forma que la pobreza es dogmáticamente segregada, lejos de reconocer su demarcación, se la provee de un cercado de imposibilidades combinativas o propositivas con la ciudad nuclear. A estos asentamientos informales se les asigna el valor de destino que anula cualquier posibilidad integrativa. Las personas y hogares que están en esta situación social y económica carecen de oportunidades para salir de ella porque la ubicación de sus viviendas en relación a la ciudad, es un factor que incide severamente en el proceso de avance o retroceso de la misma. Un barrio, donde la gran mayoría de los hogares son pobres, tiene menores posibilidades de consumo, de mejoramiento del ingreso por medio de iniciativas familiares o personales (en definitiva, de empleamiento), en relación a un barrio con mayor diversidad de sectores socioeconómicos.
Lo más probable es que en estas condiciones se genere reproducción de la pobreza y, aún con programas de mejoramiento físico, social y de integración a la ciudad, siga siendo un barrio pobre. La resistencia político-ideológica a los programas de regularización de estos espacios se ampara en todo tipo de argumentos, entre ellos los ecoambientales. Lo cierto es que lejos de contemplar que algunas de estas comunidades son casi centenarias los gobiernos tienden a demolerlas o a excluirlas de su radio de influencia, es una cuestión de visibilidad, en este caso de invisibilidad. Parecen no darse cuenta que en los próximos años 2000 millones de habitantes vivirán en chabolas y que esto establece parámetros de proximidad y no de otredad y lejanía.
Estas áreas desafiliadas, en casos céntricas, en su mayor parte ex/céntricas o periferizadas, poseen valores que la arquitectura contemporánea no contempla. Uno de ellos es la fragmentación. La escasez de recursos no permite construir de principio a fin un lugar habitable que esté acabado, sino más bien un espacio que a través de un tiempo escalado podrá ser ampliado y mejorado. En este sentido, se debe pensar en la vivienda como un proceso y no como un producto terminado, esto favorece la movilidad y el crecimiento en fases y, a su vez, una mejor concienciación de las necesidades, puesto que su arquitectura, al no ser inmovilista, se encuentra en constante permuta, adecentando o adicionando módulos en planta dependiendo de la deterioración o los medios económicos de sus moradores. Esto genera a su vez autosuficiencia y conocimiento del terreno.
Otro valor proviene del concepto de favela como contrafigura de los espacios abiertos, como edificaciones supresoras de la luz. Sus habitantes no están registrados porcentualmente, la policía no tiene acceso, su sistema modular es fruto de los sobrantes de un ultraliberalismo integrista. Junto con las edificaciones funerarias, las favelas son los únicos emblemas de la oscuridad y la no vigilancia. Es en esta autonomía, sin embargo, donde se potencia la no diferenciación entre el espacio público y privado, aspecto fundamental y admirable si tenemos en cuenta que vivimos una época en la que el estado social, en realidad el dominio político de la vida social, se encuentra cuanto menos amenazado. De este valor se deriva otro, igualmente importante, dado el narcisismo y la neurosis aislacionista de nuestras sociedades regladas, que es más experiencial y que posibilita la potenciación de la proximidad grupal, colectiva, o comunal, una especie de interacción vecinal y de ordenamiento de intereses comunes que se significa a través de una no-arquitectura o arquitectura populista. Arquitectura que posee rasgos identitarios que deberían ser contemplados y discutidos pues, en algunas áreas hiperdegradadas hay establecidos hábitos y costumbres arraigados desde generaciones. Pero además al brasileño favelado le acompaña una particular dignidad, que hace que cuánto más miserables sean las favelas, es decir; cuando están generadas por fragmentos de materiales heteróclitos obtenidos del excedente de la megalópolis y cuya ejecución depende de los materiales recogidos y no de un proyecto preliminar, más aparece el empleo del color como elemento “dignificante” de esa primera base de vivienda- abrigo. El empleo del color tiene una doble aplicación, unifica y embellece, y nos advierte que incluso la pobreza tiene una actitud plástica, es la configuración de espacios contenedores resueltos desde la revalidación del material del vertedero.
Por tanto cualquier intento de ordenamiento municipal al margen de sanear o proveer unidades habitacionales debe posibilitar un entorno de influencia. Los proyectos deben incluir la planeación de espacios públicos, áreas verdes y lugares de encuentro que permitan mantener ese sentido de identidad y pertenencia. Debe haber una asistencia y mantenencia de una realidad medioambiental saludable. Debe haber servicios fundamentales que autosostengan la comunidad y que eviten un desplazamiento diaspórico “okupando” otras zonas de la ciudad que ya tienen dispuestos sus servicios. Debe favorecer la radicación de las familias en sus comunas de origen y premiar aquellos proyectos de vivienda social bien localizados en sectores urbanizados y dotados de servicios, con lo cual se maximiza el aprovechamiento de todo tipo de redes: salud, educación y transporte. Debe evitar los desplazamientos ineficientes para comprar, trabajar, estudiar, que radican en un consumo de tiempo y en una acción contaminante. Debe fomentar periferias con más oportunidades desde la multiplicación de los centros; de esta forma se podría incrementar la concentración de oportunidades desde la desnuclearización. Esto evitaría los largos desplazamientos desde la residencia (donde sólo duermes) faltos de cualquier tipo de operatividad temporal.
Habitar no es tener sólo un abrigo, un apartamento o un módulo asignable, habitar es conformar una estructura de extroversión y de generación de espacios contextuales. Si el estado provee asilamiento, guarida o refugio para a continuación desvincularse de la alterabilidad del espacio, de su lugar y calidad, el estado no provee vivienda sino que amadriga o atrinchera a una población; la asiste de cobijamiento pero le niega la influencia. Este abandono de influencia es, en realidad, un ejercicio de detracción dado que a esa ejecución de módulos habitacionales se le substrae o se le aparta de la permanencia, de la posibilidad, en suma, de evitar la deterioración. Todo abandono implica una pérdida y toda perdida implica un deterioro pero todos ellos están sujetos a la voluntad del que abandona.
De este modo la llamada arquitectura de la pobreza no se puede instituir en un acto instantáneo, sino en un largo proceso de planificación, participación, y evaluación en el cual juega un papel protagónico el usuario. Ante la falta de recursos, la única opción es construir viviendas con el presupuesto de la pobreza pero son pocos los arquitectos que han decidido emprender este camino. La formación convencional en las escuelas de arquitectura no proporciona ni instrumentos ni conceptos para formar profesionales capaces de afrontar los problemas habitativos de los sectores retenidos en la pobreza, ni de comprender que el ambiente modifica al ser humano. Entre otras cosas porque el propio arquitecto debe buscar los problemas fuera de la arquitectura. Hay que encontrar un camino a través de las preguntas: al ministerio de vivienda, a las comunidades locales… y tener una justa medida de las restricciones existentes. Después sólo queda emprender, empatizar y crear. Y de nuevo empatizar, que no es otra cosa que buscar respuestas, y quizá, así persuadidos e integrados, podamos aparcar esta visión apocalíptica porque, en expresión de P. Virilio, el afuera comienza aquí.